El pescador y la sirena 

El mar estaba en calma y el barco del pescador adormilado. Se mecía suavemente, como mecen las madres las cunas de sus bebés. El pescador que estaba en la cubierta no pudo reprimir un bostezo. Estiró sus miembros y cerró los ojos. Luego, bostezó, llenándose los pulmones con olor a sal.
El pescador se quedó dormido apenas unos pocos minutos, pues abrió los ojos sobresaltado cuando notó que el barco se balanceaba furioso hacia el extremo donde tenía la red. Frotándose los ojos, corrió hasta llegar a la manivela que subía la red, pero ésta no se elevaba por mucho esfuerzo que puso en que así fuera. Si al menos estuviera en el barco el chico que solía ayudarle con sus tareas. Pero se encontraba solo y solo debía solucionar el problema en el que se había metido por dormir.
Continuó largo rato intentando elevar la red haciendo uso de toda la fuerza de sus brazos. En vano. El pescador no quería cortar la red, aunque sabía que era la única solución posible. Eso o acabar con el barco hundido. Aunque... ¡Claro! No tenía por que arrojar al mar su preciada red de pesca. Si se zambullía y cortaba un trozo de red, los peces saldrían, dejando de balancear el barco peligrosamente y él no tendría que esperar hasta que le hicieran un nueva red, sino a que le arreglaran la que ya tenía.
Así pues, se arrojó al mar y casi se ahoga al ver lo que había pescado. No era una enorme cantidad de peces, como había imaginado. Había atrapado una sirena. La mitad inferior era una cola de pez de color verde esmeralda y la mitad superior tenía forma de mujer, aunque, en lugar de piel, estaba cubierta de pequeñísimas escamas blancas; no tenía cabello, sus manos eran membranosas y tenía branquias en el cuello. Al contemplar sus enormes ojos saltones, el pescador descubrió un miedo atroz en ellos y, sin dudarlo si quiera un instante, sacó de su cinturón la navaja y cortó parte de la red. La sirena salió de ella como un torbellino, alejándose a una velocidad tal que el pescador supo que, por muy rápido que buceara, jamás la alcanzaría. Así que subió a la superficie, pero aún no había tomado ni dos bocanadas de aire cuando notó que una mano le apresaba el tobillo y lo tiraba hacía abajo. Allí volvía a estar, frente a él, la sirena. Lo miró con ojos agradecidos y, acercándose un poco más, lo besó en los labios. Luego, volvió a desaparecer tan deprisa como la primera vez.
El pescador jamás le contó a nadie lo que había ocurrido aquella tarde. Algunos podrían creerle y otros, no hacerlo. En un pueblo marítimo tan pequeño se convertiría en el centro de los cotilleos con una historia como la suya. Él no quería ser el centro de atención ni que lo tildaran de loco. O, peor aún, que dejaran de comprarle pescado. Aún así, cuando zarpaba solo en su barco, procuraba anclar en el lugar donde había atrapado, sin querer, a la sirena y se zambullía para bucear largo rato, por si la encontraba. Pero nunca la volvió a ver.