Lizzie y su cometa

(ilustración de Momo)

 
Lizzie sacaba a pasear su cometa los días de viento. La engalanaba con hilos de colores y su cometa, que sabía que iban a salir, no paraba de saltar loca de contenta entre los brazos de Lizzie hasta que salían a la calle y el viento le hacía temblar los vértices.
Lizzie se agarraba fuerte a los hilos, con ambas manos. Pequeñita y flaca como era, los vendavales la hacían despegar. Siempre. Su cometa reía y la llevaba lejos entre corrientes de aire. Entonces, no se sabía muy bien si era Lizzie la que sacaba de paseo a su cometa o todo lo contrario.
A Lizzie le gustaba aquello. Volar y que la falda se le quedara pegada en los muslos y que todos sus rizos terminasen mareados de tanto subir, bajar y dar vueltas. Exactamente igual que al montarse en las montañas rusas de la feria.
Lo difícil era aterrizar. El viento se encaprichaba con ellas y era muy complicado hacerle entrar en razón. Él no quería dejarlas en el suelo, sino continuar llevándolas de un lado a otro para escuchar sus risas y exclamaciones de asombro al sobrevolar algún paisaje desconocido hasta entonces.
Pero siempre que llegaba el atardecer, a Lizzie le dolían los brazos, las tripas le rugían y su cometa no dejaba de bostezar. Entonces, le pedían al viento que las dejase en tierra firme, por favor, pero él se negaba. ¡Con lo bien que se lo estaban pasando! Al final, casi siempre terminaba por ceder a los rugidos y bostezos, y acunaba a sus amigas hasta dejarlas dormidas. Luego, las llevaba hasta su habitación, por la venta que Lizzie dejaba abierta para que el viento no tuviera problemas en dejarlas arropadas en la cama. Pero, otras veces, las que menos, el viento se enfadaba y se marchaba de sopetón, obligando a Lizzie y a su cometa a improvisar un aterrizaje forzoso. Suerte que no llegaron nunca a romperse nada. Eso sí, de los traspiés y rasgaduras el los hilos y la falda no las libraba nadie. Aún así, lo peor no era eso. Lo molesto era tener que volver andando a casa desde los confines del mundo.