Hormigas

(ilustración de Clara)


Su casa era un horror, al menos, la primera vez que la visitabas, tan llena de flores silvestres y tarros de mermelada llenos hasta los bordes de tierra y hormigas. Había que tener mucho, mucho cuidado con no tropezar y romper los tarros. Aunque a ella no le importaba. Barría los cristales y la tierra, pero dejaba a las hormigas corretear a sus anchas por toda la casa, hasta que terminaba un nuevo bote de mermelada. Entonces, las recogía una a una para guardarlas otra vez. A ella le encantaba hacer eso. Buscar hormigas por toda la casa, quiero decir. Sonreía y las acariciaba con mimo antes de mezclarlas con la tierra.
Terminabas por acostumbrarte. A sus rarezas y a las hormigas. Lo que siempre abrumaba era el olor a bosque virgen que inundaba las habitaciones. Ella olía igual, de pies a cabeza y, aunque extraño, no podía más que gustarte.